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Mini Relato:

Aprovechando mi perplejidad Quique, que había recobrado rápidamente su erección se había acomodado colocando sus piernas entre las mías. Con un movimiento rápido me sentó sobre su pelvis penetrándome de una tacada hasta el fondo. Mi cuerpo sintió un profundo escalofrío que pronto se transformo en gemidos a medida que sus acometidas se volvían más fuertes y profundas. El impulso de las embestidas aceleró el ritmo con que la estaca de Juan llenaba mi garganta. Mis dos manos atenazaban la verga mientras mis labios incapaces de abrirse más se ajustaban al coloso en un esfuerzo inimaginable y doloroso. De nuevo mi cuerpo se estremecía en un clímax imposible que hasta ese momento nunca había saboreado. Mi corazón se aceleró sobremanera, todas las terminaciones nerviosas de mi cuerpo se volcaron hacia mis entrañas invadiéndome de un éxtasis salvaje e insoportable que dio paso a la relajación más intensa que halla podido vivir.

Pero sabía que todo no quedaría ahí. Dos cuerpos jóvenes, ávidos de lujuria me flanqueaban y era yo el objeto de su deseo y la encargada de descargar su virilidad y sus entrañas.

Mientras recuperaba el aire los chicos aprovecharon para llevarme hasta el dormitorio y tenderme sobre la cama. Los dos mantenían su erección, pero Juan, todavía inédito, no estaba dispuesto a esperar mucho tiempo. Aprovechando mi posición colocó su aparato en mi ya maltratado sexo y comenzó a moverse lentamente. La cabeza no tardo en abrirse paso entre mis gemidos entrelazados de dolor y placer. Centímetro a centímetro avanzaba en una ecuación imposible. Mis entrañas no podían dar cabida a un pedazo de carne semejante. Lentamente, entre dolor y excitación, mis paredes vaginales fueron albergando ese miembro imposible. Las embestidas se fueron haciendo más duras e intensas y mi cuerpo experimentaba sensaciones nuevas y únicas. El dolor y el placer se fundían en oleadas de calor que recorrían mi espalda. Cuando sobre mi culo sentí el golpeteo seco y rítmico de sus huevos comprendí que había sido capaz de albergar completamente su miembro. Mis flujos comenzaron a manar abundantes, amortiguando el intenso martilleo al que me sometía. Quique no quiso ser menos y aprovechó para arrodillarse sobre mi cara. Mi lengua recorría su escroto y perforaba cálidamente su ano, mientras mis manos completamente húmedas de flujos y secreciones recorrían su pene. El ritmo de Juan comenzaba a ser frenético y en cada embestida mi vientre reventaba sometido a un placer desconocido para mi. Quique, sobreexcitado por mis gemidos se corrió de nuevo en mi boca, que en esta ocasión no dejó escapar ni una sola gota del preciado jugo. Sobreexcitada por la corrida del chico y por el incesante castigo al que Juan me estaba sometiendo exploté en un orgasmo lento y profundo que se rompió transformándose en un placer sobrehumano cuando sentí la estaca de Juan convulsionarse y estallar en mis entrañas inundándome de esperma. Sentí perder el sentido y caer abatida sobre la cama. Un estado de semiinconsciencia me embargaba.

Pero Juan no había terminado. Situándose a mi lado introdujo su pene en mi boca limpiando así los restos de nuestras corridas. A medida que lamía el flácido pene, iba recuperando su esplendor natural. En pocos minutos volvió a ser imposible introducirlo más allá del prepucio. Quique, imagino que vencido por las dos corridas, se entretenía lamiendo e introduciendo sus dedos en mi ano.

Juan se tumbó cabeza arriba y me instó a sentarme sobre su vientre. Mirando a sus piernas coloqué su verga entre las mías. Presionándola sobre mi sexo la masajeaba humedeciéndola con mi saliva. Su cabeza erguida se posaba en mi vientre por encima de mi ombligo. Levanté mis nalgas colocándola en la entrada de mi sexo dejándome caer sin compasión sobre ella . Una sensación de desgarro me inundó y comencé a cabalgar furiosamente la estaca que me empalaba. Quique intentaba recuperar la erección masturbándose sin perder detalle del cuadro. Mi instinto se había desbordado y mi sed de placer se mostraba infinita. El sudor y el cansancio se fundían con los orgasmos que sobrevenían incontrolables.

En medio de la vorágine acerté a ver la figura de mi marido en la puerta del dormitorio observándome en estado pétreo. Pero no era capaz de parar aquella catarata de placer que me envolvía. Sus ojos me recorrían descubriendo cotas de satisfacción en mi, que ni en sus mas obscenos sueños él había logrado ni siquiera acercarme. Y yo no podía detener la experiencia que estaba viviendo y que posiblemente no podría repetir.

Los chicos no se habían percatado de la presencia de Luis y continuaban inmersos en nuestro juego. Juan decidió abandonar la cálida morada que ocupaba y me atrajo hacia si tomándome de los pechos. Quedé tendida sobre él mirando el techo. Su pene , ya liberado de su prisión, lo tomó Quique ante mi sorpresa lamiendo y recorriéndolo con su saliva. Juan tomó mis piernas por las corvas y las levantó hasta que mis rodillas toparon con mi pecho. Quique colocó la enorme verga de Juan en mi ano mientras continuaba masturbándolo. La cabeza comenzó a abrirse paso en mi estrechez. Quique untaba con mis jugos la colosal herramienta que comenzaba a taladrarme. El miedo y el dolor se apoderaban de mi. Mi marido continuaba observando la escena aturdido y sorprendido por mi actitud, e imagino también que por el monumental pene que me estaba sodomizando. Las caderas de Juan comenzaron a moverse acentuando la presión y llenando lenta pero inexorablemente mi culo con su aparato. El dolor se hacía insoportable. Sólo la presencia de mi marido observando cómo era sometida en una forma en que él no había logrado tomarme, y por un rabo que él hubiera soñado tener, mantenía mi excitación y el morbo suficiente para continuar sufriendo el dolor que me estaba infringiendo Juan. Pero el dolor estaba dejando paso a nuevas sensaciones. A medida que mi recto se acoplaba a su herramienta, placeres nuevos emergían de mis entrañas. Quique aprovechó mi posición para colocarse sobre mi y penetrarme por delante con ánimos renovados. Los movimientos acompasados de los chicos llenaban y vaciaban alternativamente mis cavidades logrando sumirme en un profundo orgasmo que no tenía fin. La verga de Juan se tensaba a medida que mis gritos llenaban la habitación. Ambos salieron de mí en el momento que sus descargas afloraban. Quique lanzó sobre mi vientre su semilla convulsionándose y aullando mientras descargaba. La polla de Juan, apoyada sobre mi sexo apuntaba al techo lanzado interminables borbotones de lava blanca que se depositaban sobre mi vello. Luis había abandonado su estado catatónico y se masturbaba excitado ante la escena.

Los chicos abandonaron el apartamento no sin antes despedirse de mí, y agradecerme la maravillosa tarde que habíamos vivido. Saludaron con un gesto corto a Luis que los dejó marchar sin levantar la mirada.

Lo que sucedió entre mi marido y yo es otra historia que, de momento, no viene al caso contar.

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