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Mini Relato:

Durante el trayecto los ojos del chico se debatían entre mis muslos, apenas cubiertos por el vestido, y la carretera. Los roces de su mano al cambiar la marcha eran continuos y yo no hacía nada por apartar mi pierna. Saber a mi marido junto a mí, rendido por el alcohol, y un chico joven insinuándose a mi lado me estremecía sobremanera. Cuando llegamos al apartamento fue necesario el esfuerzo de todos para poder subir a Luis al piso. Lo dejamos tendido en la cama y yo, no sin esfuerzo, acompañé a los chicos a la puerta para despedirlos y agradecerles la ayuda. Al besar a Quique en la mejilla éste me agarró de la cintura presionándome contra su pecho uniendo sus labios con los míos. Juan me tomó por detrás mordisqueando y besando mi cuello. No supe como reaccionar. Las caricias me recorrían todo el cuerpo y comencé a mojar mis braguitas como nunca lo había hecho. El pene de Quique se tensaba pegado a mi vientre. Lo sentía duro y cercano a pesar del vestido y sus pantalones. El miedo y la vergüenza me hicieron reaccionar, me aparté como pude y los hice marchar sin más explicaciones. A la mañana siguiente Luis despertó bien entradas las 12. Después de un baño en la playa decidimos comer de restaurante cerca de casa. Nuestra relación ha sido siempre normal. En lo referente al sexo siempre hemos sido también normales. Por mi parte nunca ha habido ningún tipo de infidelidad y creo que por la suya tampoco. Siempre nos lo hemos contado todo. Yo no podía mantener en secreto el episodio de la noche anterior, así que durante los postres le relaté pormenorizadamente lo sucedido aunque sin llegar a mostrarle las sensaciones que me invadieron. Luis se enfadó como nunca lo había hecho, incluso llegó a insinuarme que fue culpa mía, que fui yo quien los había incitado. Terminamos de comer sin hablarnos y marchamos para casa.

Tras la siesta Juan tomo sus cañas y me dijo que volvería tarde, no sin antes prohibirme que paseara por el puerto. De todas formas, yo no tenía intención de toparme con los dos chicos (bastantes problemas me habían causado ya).

A media tarde volví de tomar un poco de sol y un baño de la playa. Me di una ducha y me dispuse a relajarme frente al televisor. La noche anterior había sido larga y estaba algo cansada. Estaba medio adormilada cuando sonó el timbre de la puerta. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me encontré en ropa de faena a Juan y Quique que portaban una caja abarrotada de mariscos recién pescados. Después de un saludo un tanto forzado me explicaron que era su forma de pedir disculpas por lo sucedido. Como yo tenía la sensación de que también había sido culpable, les invité a pasar, realmente yo también había ayudado a crear la situación. Una vez en la cocina acondicionamos los mariscos en el frigorífico, les convidé a lavarse las manos y les ofrecí un café que aceptaron gustosos.

Realmente no sé que sucedió, quizá el enfado de mi marido o, tal vez, verme allí, sola, acompañada de dos jóvenes que sabía que me deseaban, pero el caso es que me fui calentando pensando en la situación en que me encontraba. Yo iba cubierta solamente por la toalla de baño y estaba sentada frente a ellos que sorbían el café sin perder detalle de mis piernas que, no se si voluntaria o involuntariamente, yo iba abriendo cada vez más, mostrando cada vez más y mejor mis muslos. La tensión crecía a medida que mi posible insinuación era detectada con mayor claridad por los dos chicos. Cuando observé que sus tazas estaban vacías, me levanté para llenárselas de nuevo. En ese instante Juan me tomó por la toalla arrancándomela y dejándome completamente desnuda ante sus ojos. Me cogió del brazo y tiró de él hasta que caí sobre ellos. Permanecían sentados en el sofá y me atenazaban acostada sobre sus muslos. Sus manos comenzaron a acariciarme por todo mi cuerpo. La boca de Quique tomaba mi lengua mientras sus manos se llenaban de mis pechos. Juan acariciaba mi sexo con sus dedos. No podía creerlo. Me estaba derritiendo de placer sólo con sus manos. No podía estar quieta, mientras me invadían las sensaciones mis manos retiraban torpemente la camisa de Quique. Juan había aprovechado para desnudarse completamente. Se había arrodillado en el suelo y su lengua recorría mi sexo desde el monte de Venus a mi ano, deteniéndose en el clítoris, que masajeaba con inusitada virulencia. Sus manos se agarraban a mis glúteos con desesperación casi brutal. No pude aguantar más y me corrí en su boca gimiendo como loca. Un pequeño descanso me permitió desabotonar y bajar los pantalones de Quique que dejaron al descubierto una estaca dura como el acero. No era mayor que la de mi marido pero su dureza y una enorme cabeza rosada la diferenciaban claramente. La introduje lentamente en mi boca mientras sentía los dedos de Juan abriéndose paso por mi ano. Mi mano y mi boca se fusionaron a la perfección en la verga de Quique que se estremecía cada vez con mayor intensidad a cada sorbo. Aceleré el ritmo acompasándolo a los dedos que sentía en mi interior hasta que explotó en mis labios dejando correr por mi barbilla ríos de leche espesa y ardiente. Juan no quería ser menos y me volteó dejando a escasos centímetros de mis ojos su verga. Siempre he sabido que todas no son iguales, pero mi poca experiencia me había impedido comprobar in situ la veracidad de esa afirmación. Mis ojos no daban crédito a lo que veían: una estaca gorda como un vaso de tubo y larga, muy larga, se presentaba observándome muy por encima de su ombligo. Las venas surcaban ese vasto pene marcándose como si fueran a reventar. La piel estirada hasta lo imposible presentaban una cabeza grande y amenazante, morada por la sangre que la recorría a borbotones. Casi veinticinco centímetros inacabables que yo no sabía si iba a poder acoplar en ningún hueco de mi cuerpo

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